Reabrir la frontera, el sello político de la relación Venezuela-Colombia

EFE

Hablar de la relación Venezuela-Colombia es hablar de política, más allá de si el tema central versa sobre economía, cultura o deporte, y la reapertura de la frontera no podía ser menos. Entre cifras y previsiones comerciales, se cuelan recuerdos de huidas, bloqueos de ayuda humanitaria o recitales de protesta que dan paso a una nueva era. O no.

Tras años de confrontación entre los Gobiernos de ambos países, la llegada de Gustavo Petro a la Presidencia de Colombia el pasado 7 de agosto supuso un giro sin precedentes en las relaciones diplomáticas y un idilio apresurado que avanza hacia un matrimonio de conveniencia, cuya duración dependerá de la disposición de unos y otros a ceder terreno.

Y como en todo noviazgo incipiente, ya surgieron las primeras diferencias, aunque quedaron solapadas por el interés de las partes en aparentar un vínculo incondicional en la riqueza, más que en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe.

Primer paso: Olvidar la historia reciente

En los últimos años, el país caribeño y el andino, con Nicolás Maduro e Iván Duque en sus respectivas presidencias, se asentaron en una confrontación permanente desde el mismo momento en que el colombiano llegó al poder en agosto de 2018, coincidiendo con una etapa en la que el venezolano había perdido popularidad.

Ya en 2015, había comenzado lo que parecía el principio del fin del chavismo, al perder el Parlamento, que pasó a manos de la oposición tras ganar las elecciones legislativas, lo que dio paso a la primera crisis institucional a la que Maduro tuvo que hacer frente desde la Presidencia.

Ese mismo año, el mandatario venezolano ordenó cerrar la frontera con Colombia, en medio de una fuerte tensión política con el Gobierno del entonces presidente del país andino, Juan Manuel Santos.

El cierre se produjo después de que tres miembros de la Fuerza Armada y un civil resultaran heridos en un enfrentamiento con supuestos contrabandistas. Y aunque los conflictos de este tipo eran habituales en la zona, esta vez le sirvió a Maduro como excusa para girar la llave, con la clara idea de que la situación sería revertida cuando él considerase.

Pero todo parece haber quedado en el olvido con el relevo en el Gobierno de Colombia y el momento dulce que vive el mandatario venezolano, aupado por el giro a la izquierda en Latinoamérica en los últimos tiempos y el declive del opositor Juan Guaidó, quien, hace tan solo tres años, era reconocido como presidente encargado por unos 50 países.

Con Estados Unidos a la cabeza, Duque era uno de los principales valedores del antichavismo, con el fin de sacar a Maduro del poder, un objetivo que se ha ido difuminando en el tiempo a medida que Guaidó fue perdiendo aliados.

Reconciliación exprés

De los enfrentamientos y los insultos por cualquier vía a su alcance, Venezuela y Colombia pasaron, con la llegada de Petro a la Presidencia, a la prisa de reconciliar a dos países vecinos e históricamente «hermanos», como los actuales mandatarios los definen.

El primer paso fue el nombramiento inmediato de sendos embajadores, después de más de tres años de ruptura total de relaciones diplomáticas, una actitud acorde al desconocimiento de Maduro como presidente, por parte de Duque.

Armando Benedetti, el hombre fuerte de Petro, político de raza y -como él mismo reconoció en una entrevista con Efe- «nada diplomático», fue designado embajador de Colombia en Venezuela, para hacer frente al «toro más bravo» con el que debe lidiar el Gobierno colombiano.

El nuevo embajador llegó con prisa y con la premura de ganarle tiempo al tiempo, sin dobleces ni disimulos: la apertura de la frontera, la atención a los colombianos que residen en Venezuela, la resolución de un conflicto de vieja data y recuperar el dinero que se perdió con el cierre son urgencias. Nada puede esperar.

Y para representar a Venezuela en Colombia, Maduro nombró a Félix Plasencia, político de larga trayectoria y, contrario a su homólogo, diplomático por naturaleza.

Tras sendas designaciones, todo fluyó como si los tiempos difíciles nunca hubieran existido y lo que hasta hace muy poco parecía imposible se convirtió en tarea sencilla porque, como aseguran todos los actores de una película en la que no existe el papel del malo, «es cuestión de voluntad».

Nadie habla de intereses individuales, sino de un bien común y equilibrado, pero el ganador en la batalla política es Venezuela, puesto que, con un aliado en el Gobierno de Colombia, Maduro cuenta con el apoyo de uno de los países más fuertes de la región latinoamericana, a la vez que la oposición pierde lo que fue su mayor valedor.

Y Colombia también gana, aunque, teniendo en cuenta su situación política de los últimos años, su posición era más desahogada que la de Venezuela y no había estado tan cerca del suelo como su vecino caribeño.

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