La sobrevida política de Jair Bolsonaro

SAN PABLO.- Las marchas sobre la avenida Paulista, que los domingos se convierte en peatonal, son una tradición en la expresión política popular. Así como en Río de Janeiro, en la playa de Copacabana. Ambos escenarios fueron este domingo los grandes palcos de manifestaciones a favor del presidente Jair Bolsonaro. A ese movimiento, al que se plegaron más de 300 ciudades del Brasil, fue lo suficientemente masivo como para asegurarle al jefe de Estado una sobrevida política que estaba en cuestión.

El propio Bolsonaro se hizo eco de ese espaldarazo. Al salir de una iglesia Bautista en Barra da Tijuca, evaluó que el «pueblo» había salido a las calles para «defender el futuro de la Nación» y «dar un aviso para aquellos que insisten en las viejas prácticas, y no dejan que este pueblo se libere». Pese a su compromiso de no extremar posturas en contra de los otros poderes del Estado, el judicial y el parlamentario, el presidente insistió en los hechos en su tesis de endilgarles la culpa de la «ingobernabilidad» de Brasil (o sea la suya).

Aunque todo induce a comparar este proceso brasileño con el surgimiento del fascismo, estas protestas de los bolsonaristas distan de ser equivalentes a las de la célebre Marcha sobre Roma, que organizó el Partido Nacional Fascista en 1922 y que empoderó a Benito Mussolini. Ocurre, entre otras cosas, que a Bolsonaro le falta todavía construir ese personaje, aunque a eso apuntan las exclamaciones de «Mito» convertidas en grito de guerra por sus seguidores.

Con todo, hay una primera comprobación: en la Paulista, la «nueva derecha» brasileña logró conquistar su propio lugar; y desde allí, este domingo potenció el pedido de clausura del Legislativo y la Justicia. Desde las plataformas de camiones, que suelen usarse en carnaval para servir de apoyo a los llamados «tríos eléctricos», los líderes enfilaron el teleobjetivo hacia la figura del titular de la Cámara de Diputados Rodrigo Maia y al Supremo Tribunal Federal. Si algo se hizo evidente el último mes, es la pica creciente entre Jair Messias y Maia; sencillamente no se soportan. Pero no es sólo una cuestión de personalidades. Ocurre que el parlamentario maneja un amplio sector de congresistas –casi la mitad de los diputados—llamado «centrón» que se ha esperado en frenar varias iniciativas presidenciales. De allí, también, la sensación de un gobierno paralizado que abrumaba a Bolsonaro y que lo indujo a apoyar de manera activa las marchas de este domingo.

Quienes participaron de las protestas no tenían dudas: «Tenemos que demostrar que el pueblo está con Bolsonaro», dijo a esta periodista una vendedora de gaseosas. «Que se cuiden los delincuentes del Congreso», exclamó convencida. De 50 años, la mujer llegó al centro financiero de la capital paulista desde una favela de la Zona Este.

Un camionero, sector laboral clave dentro de la estructura bolsonarista, se pronunció en el mismo sentido: «Esta es una advertencia para los diputados, los senadores y todos los políticos». Detrás suyo colgaba un cartel con la leyenda: «Intervención Militar». La convocatoria a las Fuerzas Armadas no tiene que ver con la sustitución del jefe de Estado; pero sí con eliminar a congresistas y jueces del juego político democrático. El hombre explicó que si esos otros dos poderes impiden a Bolsonaro gobernar «el pueblo está obligado a pedir la intervención de los militares». Dicho en términos políticos, están convencidos de la necesidad de un autogolpe.

Las concentraciones, en Río de Janeiro, tuvieron una particularidad. Se escuchó entre las consignas voceadas una que decía: «Olavo, Brasil te ama». El destinatario de tanto amor es nada menos que Olavo de Carvalho, ensayista, escritor y periodista que vive en Virginia (Estados Unidos). Considerado por Bolsonaro sus hijos como un filósofo sabio, logró sin embargo granjearse la antipatía del establishment político y económico local. Atrajo el odio de los militares que están en el gobierno y ni hablar del rechazo en el mundo de la cultura y la educación. Los cariocas se deshicieron en insultos a los legisladores que impidieron, entre otras cosas, el tratamiento de un paquete de leyes propuesto por el ministro de Justicia Sergio Moro. «Les advertimos: si no lo aprueban, este negocio se volverá apestoso».

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