Literatura y whisky en posición horizontal: retrato de Juan Carlos Onetti, uno de los autores más admirados por sus pares

Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes lo consideraban "el más grande novelista latinoamericano", sin embargo, el ganador del Premio Cervantes 1980 -fallecido hace 25 años-, nunca fue leído de manera masiva. Claves para disfrutar de su literatura:

«La literatura es mentir bien la verdad», era uno de los mandamientos de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) y quizás nadie como el uruguayo para esconder su verdadero yo, lleno de humor negro y bromas, detrás de su imagen de un escritor triste, meditabundo, abandonado a la nada.

Onetti falleció el 30 de mayo de 1994 en Madrid, la ciudad que decidió convertir en su hogar una vez que la dictadura se instaló en Uruguay y tras pasar una temporada en prisión por formar parte del jurado que otorgó un premio a un cuento considerado «pornográfico» por las autoridades.

Fue en su departamento madrileño donde Onetti pasó sus últimos años en cama, pero no por una enfermedad, simplemente le gustaba estar así: disfrutando de la vida, que para él era beber whisky, fumar cigarrillos, escribir libros y leer novelas policíacas.

Y es que como varios escritores, Onetti primero fue un gran lector. El uruguayo, al igual que muchos de sus contemporáneos, fue seducido por la prosa de William Faulkner.

«Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto. Por otra parte, he comprobado que esta clasificación es cómoda y alivia».

William Faulkner inspiró a Onetti

William Faulkner inspiró a Onetti

Tal como lo hizo el autor estadounidense con su Yoknapatawpha, Onetti creó su Santa María, un poblado imaginario entre Buenos Aires y Montevideo, dos ciudades que marcaron la existencia del escritor.

«La experiencia de Buenos Aires está presente en todas mis obras, de alguna manera; pero mucho más que Buenos Aires, está presente Montevideo, la melancolía de Montevideo. Por eso fabriqué a Santa María, el pueblito que aparece en El astillero: fruto de la nostalgia de mi ciudad».

Y al igual que Faulkner, el autor uruguayo no creía en el éxito. «Sabía (Faulkner) que lo que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos, críticos, editores, modas».

Imagen de una entrevista que Onetti concedió desde la cama (Captura YouTube)

Imagen de una entrevista que Onetti concedió desde la cama (Captura YouTube)

Para Mario Vargas Llosa, quien escribió un libro donde analizó la obra de Onetti, El viaje a la ficción, los escritores latinoamericanos tienen una «deuda impagable» con el autor de La vida breve.

Julio Cortázar lo consideraba «el más grande novelista latinoamericano» y Carlos Fuentestampoco ocultaba su admiración: «Las novelas y cuentos de Onetti son las piedras de fundación de nuestra modernidad. A todos sus descendientes nos dio una lección de inteligencia narrativa, de construcción sabia. de inmenso amor a la imaginación literaria».

Pero a diferencia de Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes, Onetti nunca fue un autor de «grandes masas».

«Los que somos devotos de Onetti le hemos devuelto con creces su gran calidad como escritor. Onetti no será nunca un autor de grandes masas y en este sentido sí habrá una deuda constante con él. Sin embargo, el pequeño gran círculo de lectores que tiene, como en mi caso, somos fervientes y devotos, y yo creo que él, por su propia personalidad, está contento con ello. No veo tampoco a Onetti sintiéndose muy bien siendo coreado por las masas», declaró a Infobae México el poeta Rogelio Guedea, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Onetti en su juventud

Onetti en su juventud

Guedea tiene una visión clara de las virtudes de Onetti. «Su prosa es poesía. Y no sólo su prosa es poesía sino que las atmósferas que recrea su prosa son poesía. Toda la obra narrativa de Onetti es poética, esto es, nos hace ver las profundidades del hombre y de la vida con una claridad, una concisión y una contundencia que le sería realmente difícil a un tratado filosófico o antropológico o social conseguirlo».

Cuando Onetti se exilió en España había publicado ya la mayor parte de su obra literaria. El PozoTierra de nadieLa vida breveEl AstilleroJuntacadáveresDejemos hablar al vientoTan Triste como ellaLos adiosesLa muerte y la niñaPara una tumba sin nombre y Para esta noche.

En 1980 le fue concedido el Premio Cervantes, el máximo galardón literario en lengua española, y en su discurso para recibirlo, el autor uruguayo confesó:

«Llegué aquí (a España) con la convicción de que lo había perdido todo, de que sólo había cosas que dejaba atrás y nada que me pudiera aguardar en el futuro. De hecho ya no me interesaba mi vida como escritor. Sin embargo, aquí estoy, unos cuantos años después, sobrevivido«.

La capacidad creativa de Onetti le dio para escribir un par de libros más. Un año antes de morir publicó la novela Cuando ya no importe, a manera de diario y como si se tratara de la reunión de todo su universo, aparecían por allí el doctor Díaz Grey, Lanza, la «amenaza prostibularia» en Santa María, emprendida por Larsen; el promotor de lucha libre y el viejo campeón (del cuento Jacob y el otro), «la imposible historia de una muchacha que por despecho…» (del cuento El infierno tan temido).

Se trata de un mundo para el que, según Guedea, se necesita un «entrenamiento lectivo» si se quiere ingresar. «Si lo comparamos con las carreras pedestres, Onetti es un corredor de fondo y requiere lectores que sean igualmente corredores de fondo. A un corredor de carrera corta lo expulsa inmediatamente. Pero una vez que entras en su mundo, ya no puedes salir, es fascinante«.

La misma idea que expresó Julio María Sanguinetti: «Leer a Onetti es un acto religioso. O se produce una comunión profunda o, de lo contrario, se le habrá leído pero no entendido».

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