Literatura y feminicidio: Quién nos escribirá cuando nos hayan asesinado

El lenguaje quizá no alcance, pero la barbarie debe seguir nombrándose. Incluso Adorno reconoció su error. Después de Auschwitz también se pudo escribir poesía. Porque hay excesos de realidad que siempre retumbaron, aunque nombrarlos sea una conquista reciente: la RAE no incluyó feminicidio para definir el asesinato machista de mujeres hasta 2018. A pesar de que su recurrencia histórica fue tal que dio para ser materia artística y de ficción: el sacrificio de Ifigenia; las palizas a doña Elvira y doña Sol en el Mío Cid; la caza de brujas desde el siglo XV; la Desdémona de Shakespeare; doña Mencía y los dramas calderonianos sobre la honra; Crimen y castigo; Jack el destripador; La intrusa, de Borges; el noir

La enumeración se pierde en el infinito. Pero la inflexión son escritoras como Dolores Reyes (Buenos Aires, Argentina, 1978) y su Cometierra, una de esas incesantes recomendaciones de librero desde su aparición aquí este otoño. Una sacudida de tercera edición en Argentina – «acá estamos en una situación económica particular como para que un libro se venda tanto», afirma desde Buenos Aires-. Y otra manera de nombrar.

Porque la costumbre literaria ha sido «regodearse en la descripción del cuerpo femenino, normalmente de una joven bella y desnuda, que ha sido mutilado, violado y violentado». En definitiva, tratarlo como pretexto narrativo, «una pornografía de la violencia», como «esa literatura que ha contribuido a perpetuar la dicotomía imposible de puta o virgen, que ha usado el cuerpo de mujer como espacio para todo tipo de violencias y como excusa pajillera». La respuesta, aunque advierte de la generalización, la sirve Edurne Portela (Santurce, 1974), autora de Formas de estar lejos (2019) y de Mejor la ausencia (2017), dos novelas también de ruptura.

«Los asesinatos siempre han sido narrados desde otra voz. Quería construir un relato que apuntase no a lo espectacular del crimen o al goce estético, sino a la falta que nos hacen esas chicas y el horror que nos están acostumbrando a vivir. En la literatura se veía una cierta naturalización de los asesinatos de mujeres. Yo quería trabajar contra eso», explica Dolores Reyes, que prepara su visita a Madrid y Barcelona en febrero.

La voz que ella traza es abrupta y rotunda, de frases lacerantes, pero con espacio para la belleza entre el desasosiego, «sin ser panfletario, sin descuidar el relato». Es la voz de una chica de exigua subsistencia, que revela dónde están las desaparecidas y asesinadas si traga puñados de la tierra que pisaron. Y en ese gesto, de engullir barro de veredas y orillas donde son desechados los cuerpos violentados, Cometierra los rescata del no-lugar, de la ausencia, y evidencia que convivimos en sociedades que son necrópolis para las mujeres.

«En América Latina se las mata cada hora [En España, 52 asesinadas a 29 de noviembre]. No podemos seguir participando en una poética que naturaliza eso, como si esas mujeres no existiesen ni tuviesen un futuro». Dolores Reyes reivindica la identidad de los expulsados, de esas vidas que no se califican como vidas, que diría Judith Butler. Se ha inspirado en «los pibes de carne y hueso, víctimas de la precarización, sin agua, laburo, con familias ausentes». Y los criminales no son monstruos; son padres, novios, vecinos…

Esa mirada apuntala la autora desde la primera página, al aludir a Melina Romero y Araceli Ramos, dos chicas enterradas en el cementerio de Pablo Podestá, situado a 200 metros de la escuela donde trabaja, en una de esas barriadas carcomidas por la pobreza, que alcanza al 54% de los jóvenes. No son los únicos feminicidios que marcaron a esta madre de siete hijos. Lleva la cuenta de sus cicatrices: «De Melina se fijaron en las pavadas de que dejase el colegio y le gustase bailar, en vez de hacer hincapié en los femicidas que la violentaron, tan menuda, la metieron en un bolso y la tiraron a un arroyo. Un grupo de hombres que hoy está en libertad». Protesta contra esa pedagogía de la crueldad, como conceptualizó Rita Segato.

La escritura de Dolores Reyes se debe a la realidad y a un dolor histórico, no se despliega desde una observación alejada ni elude el vértigo. «Nací en 1978. Hasta el 82 hubo 30.000 desaparecidos en mi país. Crecí oyendo hablar de desaparecidos, por el Estado o por femicidio».

Y ahondando en ese costurón, se esboza un trauma colectivo. Porque tampoco se iban de la memoria de Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) los crímenes impunes contra Andrea Danne, María Luisa Quevedo y Sarita Mundín, a quienes dedicó su Chicas muertas (2014). «Sí debo acompañar el libro más que los otros. Es el que me hace seguir poniendo el cuerpo, ir a charlas…», aclara sobre un relato vigente, donde indagaba en el asesinato de tres adolescentes de provincias en los 80 y en esas violencias que se disimulan con el paisaje.

La escritora recuerda la noticia del primero de esos crímenes, cuando tenía 13 años: «Fue una revelación que me llevó años entender, pero que me causó una impresión tan profunda que nunca dejé de pensar en Andrea y en su muerte». En su novela de no ficción, sintetizó ese pánico en una frase: «Adentro de tu casa podían matarte».

Almada conoce Cometierra desde su embrión en un taller literario compartido. Ambas narradoras logran rescatar del relato subterráneo la memoria de las asesinadas y el discurso de opresión machista en ambientes donde las autoridades son cómplices o incapaces. «Pero la violencia de género no es un problema de clase. Quizá en las clases altas permanece más velado por el prejuicio de que es algo que sólo les pasa a los pobres. El tema me interpela desde pequeña. En el barrio se vivían situaciones de violencia de pareja, todos sabían pero nadie hacía nada, era asunto de ese hogar».

La artista Regina José Galindo en su performance ‘El objetivo’.MICHAEL NAST

Pero no lo era, es una trama social, una médula colectiva emponzoñada. Dolores Reyes alude a su obsesión por los personajes que no sueltan a los seres queridos. De hecho, lleva tatuado en la espalda Amanece y ya está con los ojos abiertos, comienzo de El limonero real, de Juan José Saer, sobre el duelo que convierte el tiempo en espiral. «Se quedan encallados buscando lo que la sociedad decide olvidar».

Reyes y Almada son una suerte de antígonas que no abandonan a las víctimas y objetan del régimen sexista cartografiando el mapa de la dominación. Ambas forman parte de un corpus literario que problematiza lo real, en un cruce tal entre el referente y el relato que evidencia cómo la violencia machista es un lenguaje estable. «Muchas escritoras estamos tratando de entender el porqué de la violencia contra la mujer y las consecuencias que tiene en nosotras y en el tejido social en el que nos desenvolvemos», explica Edurne Portela.

No son oasis, pero sí atalaya. Ya en el siglo XIX, contra la impunidad del otro sexo, Emilia Pardo Bazán enarboló columnas y cuentos como La Puñalada. Se ponía brava ante los académicos y reclamaba el término mujericidio como opuesto a homicidio (del latín -homo y -cida, matar al hombre). Entonces tampoco servía el masculino genérico.

El término femicide irrumpe en 1976 con la teórica Diana Russell, pero es la antropóloga Marcela Lagarde quien reformula femicidio a feminicidio para insistir en la carga misógina. México será el primer país en tipificarlo penalmente (2012). En Latinoamérica forma parte del lenguaje cotidiano, mientras que en España hay quien pretende retroceder a violencia intrafamiliar. Allí también pronuncian transcidio y travesticidio.

Hace 20 años que Portela inició su investigación académica en Estados Unidos sobre la violencia contra la mujer y la tortura de tres escritoras en centros clandestinos de detención en Argentina. Y en sus dos novelas posteriores desentraña la violencia orgánica que asfixia en la intimidad y en las costumbres sociales. Su afán surge de la carencia, la de «esos agujeros de conocimiento tan grandes cuando se trata de los motivos, el ejercicio y las secuelas de violencia». En España, alude a El balneario, de Carmen Martín Gaite, o La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda, como parte de una tradición literaria sobre el maltrato machista, cuentas de un rosario no muy manoseado que, en Latinoamérica, se multiplican: Dulce Chacón, Diego Zúñiga, Gabriela Cabezón Cámara…

¿Urge otra ficción que no refuerce un discurso de terror? En el imaginario, es ineludible La parte de los crímenes en 2666, de Roberto Bolaño. Con pulcritud forense y descripciones quirúrgicas, el chileno detalla hasta el desborde los feminicidios en Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez (México), entre 1993 y 1997. El hiperrealismo da forma a lo indecible y denuncia la inacción política y la connivencia tácita de las autoridades. Aunque la acumulación afantasmaría a las víctimas en la vida real, Bolaño las singulariza, para revelar cómo hay hombres que usan el cuerpo de la mujer para reafirmar su poder. «A lo que sí ayuda la literatura es a visibilizar, a nombrar, a desnaturalizar el estado de las cosas. Sale inevitablemente en lo que escribimos y transforma la mirada literaria», subraya Portela.

De su relato se desprende un apremio a la responsabilidad política. ¿Es posible desde la literatura? En Argentina, el movimiento Ni Una Menos nació en 2015 de un maratón de lectura. «Tenemos un papel mínimo en la transformación social. Creo que en la mayoría de Latinoamérica se valora el poder de la literatura más que en España, ni siquiera se entiende como vehículo para el debate», sentencia Portela. Y Almada añade un basta ya: «No quiero leer novelas sobre el asunto, no quiero que haya un estante en las librerías que diga: literatura sobre violencia de género; no quiero que sea un nicho editorial. Quiero que hablemos del problema y lo resolvamos, que deje de ser parte de nuestra cultura. Eso se logra con educación». Porque en los cuerpos no nos cabe tanta muerte, decía un memorial a Ciudad Juárez.

EL ARTE DE DECIR BASTA

Regina José Galindo es una artista guatemalteca, ‘performer’ y poeta, que ha puesto imagen a este reportaje.Ha hecho del ‘body art’ su campo de representación, su grito en alto, su visibilidad y su laboratorio de ideas contrarias. En 2005 recibió el premio a la mejor artista joven de la Bienal de Venecia. Regina José Galindo es de 1974. Su obra explora esa violencia fuera de todo límite que se ha cebado con las mujeres. Y no sólo explora: visibiliza, denuncia, señala, desafía. En 2007 escribió: «Diariamente son asesinadas mujeres de las formas más brutales. Generalmente los cuerpos de los hombres aparecen degollados, con un tiro de gracia, apuñalados, asfixiados, pero el de las mujeres presentan evidencias de haber sido violadas y torturadas, previamente a ser asesinadas». Así lo representa en la obra ‘El objetivo’ (2017).

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