Magnicidios: guía de libros esenciales sobre asesinatos que conmocionaron al mundo

De Martin Luther King John Fitzgerald Kennedy, de Aldo Moro a Olof Palme y de Anastasio Somoza a Eduardo Frei Montalva, los crímenes de líderes políticos atraviesan la historia contemporánea. Más allá de las circunstancias particulares, los magnicidios están asociados a tramas conspirativas en constante recreación y a la sospecha de que la verdad no ha terminado de revelarse. Despejar las intrigas y resolver los enigmas que contienen es una tarea siempre pendiente para la justicia, y también para la literatura y el periodismo.

Las versiones sobre el crimen de Kennedy no dejaron de multiplicarse desde que la cámara del aficionado Abraham Zapruder filmó el asesinato del presidente norteamericano, ocurrido en medio de un desfile en la ciudad de Dallas el 22 de noviembre de 1963. Según Peter Knight, autor de The Kennedy Assassination (2007), la bibliografía comprende 2.000 libros, sin contar los artículos publicados en revistas. La CIA, la mafia, los exiliados cubanos, Fidel Castro, la KGB, Israel, el narcotráfico y hasta Aristóteles Onassis fueron acusados de haber conspirado para cometer el magnicidio.

En la biblioteca del caso Kennedy ocupa un lugar destacado Oswald, un misterio americano, la extraordinaria investigación de Norman Mailer en torno a Lee Harvey Oswald, el ex marine al que la historia oficial señala como autor del crimen. “El presente libro depende de la pequeña revelación de puntos de vista distintos. Estamos estudiando un blanco (para usar la palabra con que designa la KGB a la persona bajo escrutinio) a medida que se va dando vueltas a través de los prismas de un caleidoscopio”, plantea el escritor en su libro.

Los “prismas” bajo los cuales Mailer examina el caso son los documentos de la Comisión Warren -encargada de investigar el crimen de Kennedy-, el diario íntimo de Oswald, informes de la KGB y del FBI, registros de escuchas telefónicas a Oswald y su esposa Marina y entrevistas a familiares, allegados y amigos del protagonista. En opinión de Mailer la clave no surge de la engorrosa discusión sobre la evidencia forense y la cantidad de disparos que se hicieron en el atentado sino de la psicología del acusado: “La verdadera cuestión no es si Oswald tenía o no la habilidad necesaria para llevar a cabo la acción, sino si poseía un alma de asesino”, dice, y al respecto “nuestro sombrío veredicto es que Lee poseía el carácter necesario para matar a Kennedy, y que es probable que lo hiciera solo”.

Si bien Mailer presentó a Oswald como un oscuro peón en los juegos de espionaje entre EEUU y la Unión Soviética, y señaló que se desconoce el grado de compromiso que tuvo con el FBI, sus conclusiones resultaron decepcionantes para quienes piensan que los ideólogos del magnicidio no fueron descubiertos. El crimen de Martin Luther King -el 4 de abril de 1968, en Memphis- también fue adjudicado a un tirador solitario, James Earl Ray, y provocó la misma incredulidad, incluso por parte de familiares de la víctima.

Enigmas y complots. Una investigación sobre las investigaciones

Enigmas y complots. Una investigación sobre las investigaciones

En Enigmas y complots. Una investigación sobre las investigaciones, el sociólogo francés Luc Boltanski relaciona los relatos sobre magnicidios con una creciente tendencia a explicar acontecimientos históricos mediante teorías de la conspiración, una “epidemia mundial de paranoia” que se propaga a través de internet y subyace a las fábulas revisionistas de hechos tan diferentes como el crimen de Kennedy, la muerte de Adolf Hitler–un engaño para encubrir su fuga a la Argentina, según el mito-, el viaje a la Luna –supuestamente fraguado por la NASA en la disputa por la carrera espacial con la URSS- y el atentado a las Torres Gemelas –detrás del que estaría el propio gobierno de los EEUU.

Las teorías de la conspiración, dice Boltanski, se apoyan en la incertidumbre sobre lo que pudo ocurrir –si hubo o no más tiradores en el crimen de Kennedy, por caso- y comparten un argumento básico: la verdad se encuentra oculta, por influencia de grupos de poder, y los hechos tal como los conocemos no son más que una ilusión, un engaño cuidadosamente preparado.

De la literatura a la vida cotidiana

El 16 de marzo de 1978 un comando de las Brigadas Rojas secuestró en Roma al ex primer ministro Aldo Moro después de asesinar a los cinco miembros de su escolta. El dirigente de la Democracia Cristiana fue mantenido en cautiverio, sometido a juicio y finalmente ejecutado el 9 de mayo.
El escritor Leonardo Sciascia formó parte como diputado de la primera comisión investigadora y redactó un informe en el que cuestionó las negligencias de los operativos de búsqueda y la actitud del gobierno que encabezaba Giulio Andreotti, que rechazó cualquier negociación con los terroristas. Pero el núcleo de su argumentación se encuentra en El caso Moro, un notable ensayo en el que analizó el episodio a través de referencias literarias.

El caso Moro

El caso Moro

Sciascia describe la singularidad de Moro entre los políticos de su época con una frase de Pier Paolo Pasolini: era “el menos implicado de todos”, y por eso, paradójicamente, estaba “destinado a más enigmáticas y trágicas correlaciones”. Con citas de Borges y Edgar Allan Poe, plantea que “así como el Don Quijote nació de los libros de caballería andante, así el caso Moro parece engendrado por cierta literatura”, en el sentido de que “hizo patente con toda su crudeza” lo que la literatura –por ejemplo en la novela Todo modo, del propio Sciascia- había anticipado como crítica del poder en Italia.

Las condenas a prisión contra miembros de las Brigadas Rojas y la identificación del asesino de Moro no impidieron la proliferación de nuevas conjeturas para relatar la historia. Uno de los principales motivos para las ficciones conspirativas fue el acuerdo que habían alcanzado la Democracia Cristiana y el Partido Comunista para formar gobierno, del que Moro fue artífice y que preocupó tanto a los EEUU como a la Unión Soviética.

Aldo Moro

Aldo Moro

Sciascia analiza las cartas que Moro envió a familiares, correligionarios y autoridades de gobierno, trata de interpretar las sugerencias y sobreentendidos que las cargan de creciente dramatismo y las confronta con las declaraciones retóricas de los funcionarios del gobierno de Andreotti. Era “un hombre que no quería morir y apelaba a su partido para que lo rescatase con medios que, aunque electoralmente arriesgados, no eran imposibles”, sostiene.

Las críticas de Sciascia a los operativos de búsqueda de Moro podrían extenderse a la policía de Suecia, que interrogó a diez mil personas y acumuló 270 metros de informes sin por eso resolver el asesinato de Olof Palme, primer ministro de ese país.

Palme murió después de ser baleado al salir de un cine en Estocolmo, en la noche del 28 de febrero de 1986. Christer Pettersson, un delincuente común, fue detenido y sentenciado por el asesinato en 1989, pero la condena quedó anulada por falta de pruebas. Al margen de que la CIA y la KGB siempre resultan verosímiles como candidatos, la lista de sospechosos está encabezada desde entonces por la Fracción del Ejército Rojo –el grupo terrorista alemán disuelto en 1990-, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán y los servicios de inteligencia sudafricanos, en este caso por la política de Palme contra el régimen del apartheid.

El legado

El legado

Stieg Larsson, el autor de la saga Millenium, investigó por su cuenta el crimen de Palme y terminó por suscribir la teoría de un complot que asociaba a agentes sudafricanos, como instigadores, y a grupos suecos de ultraderecha, como ejecutores del primer ministro. La pesquisa fue retomada por el periodista Jan Stocklassa, que recibió los papeles de Larsson y publicó el libro El legado (2017), después que el gobierno de Suecia anunciara la reapertura del expediente.

Los dictadores latinoamericanos tienen libros que cuentan sus muertes violentas. El magnicidio del dominicano Rafael Trujillo (30 de mayo de 1961) encontró su crónica en una investigación del periodista Emilio de la Cruz HermosillaLa noche de Trujillo (1980), y entre los dedicados al de Anastasio Somoza (17 de septiembre de 1980), a manos de ex militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo, se contó Somoza, expediente cerradoLa historia de un ajusticiamiento (1993), de Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll.

El caso Frei

Si la Justicia es lenta en los delitos comunes, la investigación de un magnicidio puede extenderse sin término en el tiempo y obligar a anular la prescripción de la causa, como ocurrió en Suecia con el crimen de Palme. Una excepción es el fallo del juez Alejandro Madrid, que el 29 de enero condenó a cinco personas involucradas en el asesinato del ex presidente chileno Eduardo Frei Montalva, al cabo de una causa que insumió un trámite de catorce años.

Presidente de Chile por el Partido Demócrata Cristiano entre 1964 y 1970, Frei apoyó el golpe militar de 1973 contra Salvador Allende, pero después se convirtió en opositor de la junta militar. El 22 de enero de 1982 murió en la clínica Santa María, en Santiago de Chile, después de ser envenenado con una mezcla de gas mostaza y talio.

La hija del ex presidente, Carmen Frei, fue una de las principales impulsoras del reclamo por el crimen. En 2017 publicó el libro Magnicidio, en el que documenta cómo los médicos de la clínica Santa María informaban al dictador Augusto Pinochet sobre la evolución de su padre, la relación que tenían con la Dirección de Inteligencia del Ejército y el rol de Patricio Silva Garín, condenado a diez años de prisión como autor del homicidio de Frei y denunciado por actuar en el centro de detención que la dictadura instaló después del golpe en el Estadio Nacional de Chile.

El libro de Carmen Frei será la base de una serie, según anunciaron familiares del ex presidente después de conocerse el fallo del juez Madrid. “Conocer las responsabilidades políticas de las altas autoridades de gobierno de la época será nuestra próxima tarea”, declaró el hijo de Frei Montalva, también llamado Eduardo y presidente de Chile entre 1994 y 2000. La trama de un magnicidio nunca termina de revelarse.

Literatura argentina y violencia

Los magnicidios sitúan también momentos significativos en la literatura argentina, como El general Quiroga va en coche al muere, el poema donde Borges reelabora el asesinato de Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco, o El anarquista y el comisario, un relato de David Viñas sobre el atentado de Simón Radowitzky que provocó la muerte del coronel Ramón Falcón, jefe de policía de Buenos Aires, y de su secretario José Lartigau, el 14 de noviembre de 1909.

Viñas situó el episodio en el marco de los enfrentamientos políticos de fines del siglo XIX y principios del XX y recordó los antecedentes de Falcón, “una trayectoria de coherencia represiva que arranca desde las últimas montoneras de López Jordán, frente a las cuales Falcón actúa como ayudante de Sarmiento en Entre Ríos”. El crimen contenía una cifra histórica: “el coronel Falcón, al convertirse en el brazo armado de la oligarquía (que lo santifica con la fundación de la escuela de policía que hoy lleva su nombre y que le alza en el Centenario la estatua que aún ocupa el lugar donde Radowitzky lo hizo volar por el aire), refleja, por sentido contrario, la continuidad alternada pero permanente de las rebeliones populares en la Argentina”.

La muerte de Pedro Eugenio Aramburu, secuestrado por Montoneros el 29 de abril de 1970 y ejecutado dos días después al cabo de un “juicio”, inscribió a su vez un punto de inflexión “que astillará la historia del país, que la quebrará en dos partes”, como efecto de la violencia desatada a partir del golpe de 1955 y motivo de la represión posterior, según el planteo de José Pablo Feinmann en la novela Timote. Secuestro y muerte del general Aramburu(2009).

Feinmann se aparta de la versión de Montoneros sobre el episodio –tal como la relató Mario Firmenich en la revista La Causa Peronista, en septiembre de 1974- y plantea que la ficción es “el instrumento más impecable (…) para expresar la complejidad de la existencia”. El “acontecimiento Aramburu” condensa un núcleo de sentidos que remite al secuestro del cadáver de Eva Perón, los fusilamientos clandestinos de José León Suárez, la ejecución del general Juan José Valle y el surgimiento de las organizaciones armadas.

“Contamos una tragedia. No una historia con buenos y con malos. En la tragedia hay que escuchar a todos. Porque todos tienen buenas razones para defender sus actos y, por consiguiente, sus vidas”, sostiene Feinmann en un relato donde reelabora las voces de los protagonistas y en particular los extensos diálogos entre Aramburu y Fernando Abal Medina, el joven montonero que mató al general en un sótano de la estancia La Celma, en Timote, donde estuvo en cautiverio.

La muerte de Aramburu fue difundida en un comunicado escrito por Norma Arrostito. “Lo que ese día sucedió y lo que habrá de suceder en los días siguientes aún se prolonga, está vivo. Donde hay tanto odio no puede haber cenizas sino fuego”, escribió Feinmann.

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