Seis meses del incendio de Notre Dame: la lenta, cara y dificultosa recuperación de la catedral

Lentas, caras y con dificultades. Así van las obras de consolidación de la catedral de Notre-Dame, que se incendió hace hoy seis meses. El presupuesto se ha triplicado, 85 millones de euros. Por culpa del plomo, aunque no sólo: la burocracia entorpece lo suyo. Se espera que acaben en la próxima primavera. Entonces se reabrirá el templo al culto y nos acercaremos a la reconstrucción. Ahí va a arder Troya. Ya hay pelea entre tradicionalistas y modernos. Las donaciones van bien, eso sí.

«Es imposible saber cuánto va a durar y cuánto va costar», suele decir el arzobispo de París, Michel Aupetit. El plazo de cinco años para tener una catedral «más bella que antes», en palabras de Emmanuel Macron, ha bajado de categoría, ahora es sólo un «objetivo».

Macron propuso «un gesto contemporáneo» a la hora de reconstruir la flecha destruida por las llamas. Al fin y al cabo, era un añadido del Viollet-le-Duc, que remozó en el siglo XIX el templo construido entre 1163 y 1345.

Nada de moderneces, claman (al cielo) los tradicionalistas, que tienen a su favor el aval de la opinión pública, según las primeras encuestas. «Hay que rehacer Notre-Dame idéntica», tronó Philippe Villeneuve, arquitecto al frente de la restauración. Lo tiene fácil. Los planos de Viollet-le-Duc se conservan.

Y las estatuas, entre ellas la de Viollet-le-Duc como Santo Tomás, se habían retirado del tejado unos días antes del incendio que el 15 de abril arrasó el templo. Las estatuas y el gallo de la veleta van a ser expuestos desde esta semana en la Ciudad de la Arquitectura en París. Dominique Perrault abrirá el ciclo de conferencias sobre la restauración.

Frente a los tradicionales, los arquitectos estrella van lanzando ideas. Así, el británico Norman Foster propone un techo de vidrio y una flecha de cristal y acero inoxidable. El suizo Fuksas haría de vidrio las dos cosas e iluminaría la flecha por la noche…

Ese incendio es aún una brasa en los medios de comunicación porque no se discutirá hasta finales del año 2020, como pronto, cuando el equipo de arquitectos de los monumentos históricos presente al Estado sus opciones.

Conviene recordar que el Estado francés es el dueño de todos los templos de Francia construidos antes de 1905. La administración central es propietaria de las catedrales, los ayuntamientos y las iglesias. La Iglesia católica dirige el culto, pero el mantenimiento de las piedras es cosa del Estado. Por eso no están aseguradas.

Y por eso Macron tiene algo que decir. Empanzando por decidir quién manda. El elegido es Jean Louis Georgelin, general retirado. Fue jefe del estado mayor de Jacques Chirac y trabajó con cuatro presidentes. Mudo con la prensa, emana autoridad por todos los poros. El próximo mes se oficializará su nombramiento al frente del establecimiento público que dirigirá las obras… y que firmará los convenios con las empresas que han prometido donaciones.

Antes de que acabe este año, deben materializarse los 200 millones de Bernard Arnault (LVMH) y los 100 de la familia Pinault (Kering). Otros 200 vendrán de los Bettencourt Meyers (L’Oréal) y 100 de la petrolera Total.

No sólo los millonarios donan. Un niño ha dado un euro. Moneda a moneda, tres fundaciones han recibido 616,6 millones de euros. La más activa es la Fondation Notre-Dame, que preside el arzobispo de París, Michel Aupetit. Lleva recaudados 380 millones procedentes de 46.600 particulares, 168 empresas y 29 entidades públicas francesas y extranjeras.

El dinero no parece que vaya a ser un problema aunque, de momento, los costes se han disparado. Las obras de consolidación del sitio iban a suponer 30 millones y se han disparado hasta los 85. La culpa es del plomo. La cubierta de la catedral era de este material. El fuego alcanzó los mil grados y se fundió. Otro tanto ocurrió con las 500 toneladas de andamios que rodeaban la flecha. Hoy son un amasijo de barras fundidas que amenazan con caer sobre la cúpula y que hay que extraer de allí. Ese proceso va a durar meses. Hay que instalar otro andamio por encima del destruido. Desde allí, se descolgarán con cuerdas obreros especializados que las tendrán que ir cortando las barras una a una.

Entre tanto ha habido que sostener los arbotantes con estructuras de madera ad hoc. Otrosí con la cúpula. Todos estos trabajos deben concluirse para la próxima primavera.

Se supone que también se habrá eliminado para entonces la contaminación por plomo que ha entorpecido las obras. La normativa medioambiental, sumada a la de seguridad, alarga cualquier menester.

Con todo, se espera que en la próxima primavera termine la consolidación del lugar y que el templo pueda abrir sus puertas al culto. Parcialmente. Se levantarán estructuras provisionales en la explanada para añadir espacio al monumento histórico más visitado de Europa, con unos 14 millones de turistas al año.

A fines de 2020 debe estar concluido el diagnóstico del edificio. Será entonces cuando la pelea entre modernos y tradicionalistas deberá resolverse para que las obras de restauración propiamente dichas comiencen en 2021. Si Dios quiere. Y si los hombres no incendian el templo otra vez con sus disputas.

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