La violencia y la recesión económica empañan el primer aniversario de López Obrador

Hace un año, el 1 de diciembre de 2018, Andrés Manuel López Obrador se daba un baño de masas como el mesías prometido de la izquierda mexicana. «No tengo derecho a fallarles», dijo entonces el recién elegido presidente. Doce meses después, su «revolución» echa a andar entre críticas, el entusiasmo de sus fieles y la incertidumbre de los poderes económicos.

Después de dos elecciones perdidas, donde denunció presuntos fraudes, el partido de López Obrador obtuvo la victoria presentándose como «la esperanza de México» e impulsando un proyecto que el propio presidente equiparó a momentos históricos como la Revolución Mexicana. El país ha cambiado en un año, pero las expectativas de López Obrador se han dado irremediablemente de bruces con la cruda realidad del país.

A falta de conocer los datos de noviembre y diciembre, todo apunta a que 2019 será el año más violento de la Historia reciente de México (con una media de 97 asesinatos diarios), mientras que en el panorama económico la promesa de López Obrador de crecer un 4% anual se ha visto frustrada por el anuncio que el Instituto Nacional de Geografía y Estadística adelantó el pasado lunes: México entra en recesión técnica tras acumular tres trimestres consecutivos con el PIB en retroceso.

En materia de seguridad, el fin de la guerra al narco decretado por el presidente no ha logrado reducir los índices de homicidios y además ha dejado para el recuerdo el humillante operativo que terminó, por exigencias del cártel de Sinaloa, con la liberación del hijo de El Chapo Guzmán. No obstante, López Obrador ha creado en tiempo récord su prometida Guardia Nacional, una fuerza mixta compuesta por policías y militares, que aspira a retirar al criticado ejército de las calles.

Con el combate a la inseguridad y la negativa deriva económica como grandes amenazas en el horizonte, el presidente López Obrador ha cumplido algunas de sus promesas. Empezando por desterrar de la Presidencia cualquier vestigio de lujos pasados.

Nada más asumir el cargo, López Obrador recortó su sueldo un 40%, ya no se mueve en coche oficial (utiliza un Volkswagen blanco de su propiedad), tampoco viaja en el avión presidencial (lo hace en vuelos comerciales como un turista) y no vive en la residencia oficial de Los Pinos (convertida ahora en un museo abierto al morbo de los más curiosos).

La austeridad se extiende también a altos funcionarios con el objetivo de ahorrar, según calcula el presidente, más de 25.000 millones de euros.

La lucha contra la corrupción es otro de los activos que López Obrador confía en explotar para recaudar más fondos con los que reducir, al mismo tiempo, la desigualdad en el segundo país con más millonarios de América Latina y donde viven 50 millones de personas bajo el umbral de la pobreza.

Hasta la fecha ha aprobado varios programas nacionales de becas, para estudiantes y mayores de 65 años, así como un plan de infraestructuras con el que llevar inversión al empobrecido sur del país. En paralelo a estos nuevos proyectos, el presidente también ha cancelado otros como el nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México (NAIM), la obra estrella de su predecesor Peña Nieto, cuya construcción estaba avanzada en un 30%.

López Obrador justificó su decisión en sobrecostes y daños medioambientales, aunque el supuesto ahorro podría volverse en su contra, ya que ahora deberá hacer frente a millonarias compensaciones para las empresas afectadas.

El primer año de López Obrador ha sido tan intenso que entre los medios que siguen su actividad confiesan que «más que un año, parecen dos». La hiperactividad política, la omnipresencia en ruedas de prensa diarias y las polémicas, como la carta al rey Felipe VI exigiendo disculpas por la Conquista, han marcado el inicio de un sexenio que promete ser intenso.

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