De la capital petrolera de Venezuela al pozo de la miseria en Colombia

Jamás imaginaron que emigrarían a la región más pobre de Colombia para sacar adelante a sus familias. No ha sido fácil aceptar la realidad y adaptarse a su nueva vida en Quibdó, capital del departamento del Chocó, a orillas del río Atrato. Pero son conscientes de que están mejor que en Venezuela, al menos comen tres veces al día y mandan algo de dinero a sus hambrientas familias.

«Me asusté cuando llegué a Quibdó porque se ve en las calles la necesidad, la cantidad de niños y adultos pobres. Fue un golpe muy duro, me preguntaba cómo empezar de cero si aquí no hay ni para ellos mismos. Pero uno pone todo en manos de Dios», narra Carmen Hernández. «Y los chocoanos, que entienden la miseria de los que vinimos sin nada, nos recibieron bien«.

Llegó hace un año, procedente de Maturín, la que fuera próspera capital petrolera del oriente venezolano, en el Estado de Monagas, un contraste abismal con el colombiano Chocó. La mitad de su medio millón de habitantes, el 80% de raza negra, sufre de extrema pobreza, según estudio del DANE (Departamento Nacional de Estadística). También Quibdó encabeza la tasa nacional de paro.

«Me vine después de mi esposo, que ahora trabaja de mototaxista. Con los 100.000 pesos (unos 28 euros) que enviamos a mis padres, de 86 y 81 años, y a mi hija mayor, compran un mercado escaso para una semana: harina, verduras y poca carne, para pollo no les alcanza. A veces sólo se lo mandamos cada 15 días. Yo querría que recibieran 300.000 semanales (84 euros) para las tres comidas y que compraran pollo, carne o pescado, pero aquí es imposible conseguir tanto», explica con tristeza.

En su tierra natal dirigía el departamento de publicidad de El Periódico de Monagas. «Pasamos de 42 a 16 páginas y las ventas bajaban porque la gente no tiene efectivo para comprarlo. Mi esposo, Douglas, era supervisor en una planta de pollos que cerró porque el Gobierno obligaba a vender a un precio por debajo de los costos», rememora. «Pero le ha ido bien aquí, consiguió con mucho esfuerzo comprar la moto y ya conoce bien Quibdó».

Carmen lideró el proyecto ‘Unidos somos más’, de la mano de ACNUR, para agrupar a los venezolanos que se encuentran en Quibdó, unos 900 en la actualidad, aunque el número crece a diario. «Hicimos una encuesta y descubrimos que todos los días llegan uno o dos, familiares o amigos de los que ya están en Chocó, porque nadie quiere estar solo. Es un mundo tan diferente que cuesta como unos seis meses adaptarse«, comenta.

Buena parte de Quibdó carece de servicios básicos, su sistema de salud es lamentable, no cuenta con industria ni empresas grandes, y ni siquiera existe una sola carretera asfaltada hacia el interior del país. Enclavada en una región selvática de enorme belleza, es la capital colombiana que menos progresa con el paso del tiempo, carcomida por la corrupción y el abandono estatal.

De ahí la dificultad para que los venezolanos salgan adelante. Unas30 emigrantes están dedicadas a la prostitución y otras son camareras en bares donde ganan buenas propinas. Según cuentan quienes conocen ese trabajo, las venezolanas reciben 30.000 pesos fijos (8 euros) diarios por atender las mesas desde las 16 horas a las 3.30 de la madrugada, y sacan el triple con lo que les dan los clientes, toda una fortuna. Por eso, invitan a sus parientes femeninas a viajar hasta la capital chocoana para hacer lo mismo.

Además de ellas y decenas de mototaxistas, que ganan 1.500 pesos por carrera (0’40 euros), también hay fotógrafos, radiólogos, un médico que trabaja de recepcionista y se ha convertido en el doctor de cabecera de sus compatriotas, entre otros muchos. Gente, en suma, de distinta procedencia y condición social que rebuscan a diario el sustento.

«UN LUTO POR DENTRO»

Guilmarys Braydi es una de las principales soportes de Carmen en el empeño por mantener lazos entre los venezolanos, con independencia del oficio al que estén dedicados. En fechas señaladas organizan partidos de softball, van a bañarse a los ríos de los alrededores, guisan sus platos típicos.

Braydi residía en Valencia, estado de Carabobo, donde ejercía de supervisora de ventas en un establecimiento comercial. «No me alcanzaba el sueldo y las comisiones ni para comer, y tampoco con lo de mi esposo. Por eso, nos tuvimos que venir», anota Guilmarys. «La emigración es un duelo por la cultura y la familia de uno, es como llevar un luto por dentro. Paso por una calle y siento un olor que me recuerde a algo, y lloro».

Labora junto a su marido en un restaurante de comidas rápidas. Él no tiene ningún día de descanso, a ella le permiten librar uno. Entre los dos sacan 1.300.000 pesos (361 euros), sin prestaciones sociales. «Yo mando la mitad a Venezuela, donde quedó un hijo y mi mamá».

Conscientes de que el cambio de régimen no será rápido, piensan en traer al Chocó más miembros de sus familias. «En cuanto se arregle la situación, regresaremos», afirman con rotundidad ambas mujeres. «El sueño de todos es volver y levantar el país».

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