Luis Lacalle Pou, el ‘heredero rebelde’ que llegó a la meta

Hace menos de cinco años estaba hundido en el sofá de su casa preguntándose si tenía sentido seguir en política. Venía de ser derrotado por 13 puntos ante Tabaré Vázquez en la segunda vuelta de 2014, y el golpe le había llegado al alma. Fue su esposa, Lorena Ponce de León, quién lo hizo reaccionar: «‘Andá’ a hacer el bolso y ‘empezá’ a recorrer el país, que eso es lo que más te gusta». Y es en buena parte por eso que Luis Lacalle Pou es hoy, a los 46 años, el presidente electo de Uruguayexitoso «heredero rebelde» de una dinastía política clave en la historia del país.

No le fue sencillo el camino a la Torre Ejecutiva, la sede del Gobierno en Montevideo, y no precisamente porque hubiera dificultades objetivas: el muchacho era un predestinado, claramente señalado para continuar una saga. Tener todo a favor, aunque suene paradójico, hace las cosas a veces más difíciles, y no sólo por el tortuoso recuento de votos. La figura de su padre, de carácter no exactamente sencillo, fue una clara ausencia en la campaña del nuevo presidente, que fue senador y llegó a presidir la Cámara de Representantes.

Bisnieto de Luis Alberto de Herrera, que integró la jefatura del Estado colegiada un siglo atrás y le dio nombre a uno de los grandes movimientos políticos de la historia del país, el ‘herrerismo’, hijo de Luis Alberto Lacalle Herrera, jefe de Estado entre 1990 y 1995, y de Julia Pou, que fue senadora.

Todos saben que en la vida de Lacalle Pou nunca hubo privaciones ni zozobras económicas, aunque él rechaza que eso lo haga insensible de cara a las necesidades de los más débiles. «Es como decir que para ser un buen oncólogo hay que tener cáncer», ilustró alguna vez. Estudió en el Colegio Británico y se hizo abogado en la Univerisidad Católica, pero nunca quiso ejercer. «Soy un biólogo marino frustrado», suele decir, y por ahí se entiende la que es su gran pasión, el surf, que supera a la del fútbol, en el que se declara hincha de Nacional, uno de los dos grandes equipos del país junto a Peñarol.

El surf, un deporte en el que la paciencia es fundamental, le debe haber servido para calmar la ansiedad entre las elecciones del pasado domingo y el anuncio de hoy jueves, cuando la Corte Electoral ha confirmado que su ventaja sobre Daniel Martínez, el candidato del izquierdista Frente Amplio, era tan estrecha (1,3 por ciento) como incuestionable.

Así, el histórico Partido Nacional (o Blanco, como también se lo conoce) vuelve al poder y desaloja a la izquierda tras 15 años en el Gobierno. Todo un cambio generacional: los cuatro principales rivales del nuevo presidente en la primera vuelta eran sexagenarios.

El ascenso de Lacalle Pou completa el dominó político sudamericano de 2019, con dominio del centro y el centroderecha, dejando de lado el especialísimo caso de Venezuela y la otra orilla del Río de la Plata, donde dentro de dos semanas comenzará a gobernar el siempre indefinible peronismo, en este caso, el de Alberto Fernández. El movimiento fundado por Juan Perón engloba derecha e izquierda, e incluso llegó a convocar a la ultraderecha y la ultraizquierda. Esos extremos, dice Lacalle Pou, no existen en Uruguay.

«A mí no me gusta calificar de extremos a ningún partido. En términos uruguayos esos extremos no existen», dijo días atrás al insistir en la importancia de «los vínculos interpersonales» en la política uruguaya, un país de tres millones de habitantes, donde todos se conocen y nadie le niega el saludo ni el diálogo a nadie. Lacalle Pou no es un conservador ni un derechista, reconoce muchos logros del Frente Amplio y mutó desde el joven político de sus inicios. Hoy podría definírselo como un social liberal.

«Nuestro partido tiene como centro la libertad individual, eso no significa individualismo, sino liberalismo solidario, y creemos que desde el Estado se debe empoderar al ciudadano», dijo durante la campaña. Tras el 28% de una primera vuelta en la que Martínez obtuvo el 39, Lacalle Pou cerró una coalición con el histórico Partido Colorado -Ernesto Talvi, su candidato, será el próximo ministro de Asuntos Exteriores- y otras tres formaciones políticas, entre ellas las del general (retirado) Guido Manini Ríos, jefe del ejército destituido por Vázquez a principios de este año, cuando cuestionó la imparcialidad de la Justicia en las investigaciones por las violaciones a los derechos humanos en la dictadura militar de 1973 a 1985.

Obsesivo del «formar equipo», es un autocrítico feroz. «Pensé una y otra vez si era capaz de generar empatía con la gente, si realmente tenía la mente abierta para aprender todos los días», le dijo al periodista Esteban Leonís en su libro ‘Un rebelde camino a la presidencia’. «El porrazo de hace cinco años lo hizo madurar y demostró que sabe aprender de sus errores», analizó el diario ‘El Observador’, que confirmó una mala noticia para el poder en Caracas: «Tomará distancia del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, una decisión que le permitirá reacomodar su posicionamiento en la región».

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