La artesanía de Bottega Veneta se teje en Madrid

Los hilos que forman las trenzas del universo Bottega Veneta estaban presentes incluso sobre las paredes de la Fundación Francisco Giner de los Ríos, tan poco a menudo abierta al público. El tejido se convertía así en el hilo, precisamente, conductor de la velada. La firma italiana, una de las más exclusivas —por su apuesta de no presumir de logos, por su escasa presencia en los medios, por las escogidas apariciones de sus cabezas pensantes, por sus nada accesibles precios— se saltó sus propias reglas de recato y decidió dar una enorme fiesta en Madrid el jueves para celebrar la llegada de su tienda de la calle Serrano, 560 metros cuadrados en dos plantas inauguradas en junio.

Pero el auténtico placer de la velada—más allá de la música pinchada y bailada por Miranda Makaroff, los sándwiches de trufa o la gracia de ver codearse entre los aperol spritz a Fernando Martínez de Irujo con Tamará Falcó o Bárbara Lennie— estaba en la exposición efímera que la marca montó en este palacete del centro de Madrid. Más que efímera, fugaz cual Cenicienta: solo duró esa noche. Siete salas (indicadas incluso en un mapa que se repartía a los asistentes) en las que podía verse el minucioso trabajo de los artesanos de la marca, venidos desde las oficinas de Bottega Veneta en Vicenza, al noreste de Italia. En vivo y en directo, joyeros y trenzadores mostraban cómo se fabrican sus gafas, joyas y bolsos, especialmente el Cabat y el Knot, los tesoros de la casa.

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